lunes, 24 de noviembre de 2014

CAPITULO VIII Y IX.



              CAPITULOVIII Y IX. SEGUNDA SEMANA


              Para mi , para nosotros  los abandonados, un día era igual a otro, con excepción  del día que cerraban el restaurante,  ese era el peor, era un día sin comida, y era el que nos marcaba el tiempo, las semanas.

  La segunda semana  fue cuando realmente fui consciente de  la realidad que me rodeaba: Era
 un perro abandonado, solo, hambriento y con pulgas, solo me tenía a mi y eso era muy poco tener.

  Solo cuando dormía perdía el contacto con la realidad. Solía despertarme con la sensación de que todo había sido una pesadilla, enseguida la vista del árbol  sobre mí, el calor agobiante  si era de día y el calor más llevadero si era de noche, me devolvían a la realidad, a mi realidad.

     Lucas en aquellas dos semanas me enseñó muchas cosas y creo, que allí abandonado, bajo aquel árbol dejé de ser un adolescente que no sabe ni entiende nada. Creo que allí aprendí tantas cosas que me hice adulto.

   Aprendí que se puede vivir sin apenas comida, sin apenas agua, sin dueños que te acaricien y te digan : hola Perro.
  Aprendí que aunque quieras morirte, no te mueres. Hay algo que te mantiene pegado a la vida y a la realidad de tu soledad y tu miseria y que inconscientemente aunque quieras morirte, luchas  por seguir vivo. 
Aprendí que solos, no vamos a ninguna parte. Que somos una parte importante de los demás y los demás de nosotros.
  Aprendí que los perros no nacemos del cascarón de un huevo el día que vi como una perra abandonada tuvo unos cachorros ciegos y gritones.
 Según Lucas aún me quedaba mucho que aprender.

 _-Eres un perro raro—me dijo un día—
  --La naturaleza no te dotó con el instinto de supervivencia con el que suele dotar a todo bicho viviente.  No sabes  estar solo,  no sabes plantarle cara a la vida y morder conquistando, y luego defendiendo  lo conquistado.
 Lo mejor que te puede pasar es que  tu familia o cualquier otra familia te recoja a la vuelta de las vacaciones._
   
     Y mi tiempo se iba en eso, en mirar angustiado cada coche que pasaba con la esperanza de que uno de aquellos coches parara y una voz familiar me dijera: Sube Perro.
 
La espera resultaba inútil, aunque no perdía la esperanza. También aprendí que si mantienes viva la esperanza sobrevives con muy poco, casi vives de ella, y yo se podría decir que era lo único que tenía, aquella esperanza a ratos, porque a veces la perdía y por más que buscaba no la encontraba por ninguna parte.

Cuando parecía que nada podía empeorar,  todo empeoró, desapareció la comida totalmente. El camarero que nos daba las sobras no apareció. Otro camarero las arrojaba  al contenedor, y, cuando hambrientos nos acercábamos a él, nos alejaba a patadas.

 El hambre desesperada se llevó por delante la  poca amistad que existía entre nosotros. Las peleas eran frecuentes, si uno conseguía algún hueso que cayese por accidente de las bolsas de la basura, o un niño nos arrojaba un trozo de pan, lo conseguía el más hábil, el más fuerte y lo defendía con uñas y dientes.

  Yo ni siquiera lo intentaba.  Mientras los demás merodeaban y a veces exigían comida en la puerta del restaurante, yo esperaba y dormitaba bajo mi árbol.  En los ratos que mantenía la esperanza, soñaba. Soñaba que estaba en el cuarto de las cebollas y con el saco de pienso, aquel que no había querido, lleno a rebosar.

  Una de aquellas tardes calurosas, algo  me despertó y me devolvió a la realidad.  
 Al lado de la puerta del restaurante paró un furgón del que bajaron  unos hombres y ayudados por un lazo apresaron  a todos los abandonados  (incluido Lucas), los metieron en el furgón y sin saber  lo que pasaba, lo vi alejarse  con ellos dentro. En aquel momento no sabía a donde se los llevaban, ni que sería de ellos.

Aquella zona, se quedó vacía de abandonados. No había ni un solo perro por los alrededores. Solo yo, pero yo no contaba, en aquel momento ni  era, ni estaba.

Así fue pasando el tiempo, no se cuanto, pero fue tanto que perdí la percepción.
La vida siguió siendo triste pero más fácil. Lo poco que se perdía era para mi, nadie me lo disputaba.

Vivía con algún hueso, alguna chuchería que me tiraban los niños y alguna lagartija que se descuidaba.
 Cada vez pasaban y paraban menos coches con familias. Aunque yo ya había dejado de esperar a la mía, seguía  soñando porque los sueños me alejaban de la realidad.
  El calor dejó de ser agobiante y las noches se volvieron más  frescas y agradables.
 
Un día observé alarmado como a mi árbol  iban disminuyéndole las hojas, apenas me  protegía del sol y por la noche  a través de él veía montones de estrellas. Era como una casa sin tejado.

No quería pensar en ello, pero sabía por experiencia que a la caída de las hojas le seguía el frío, la lluvia y la nieve y a mi me pillaría bajo un árbol sin hojas.
            

                              CAPITULO-IX
      EL DÍA QUE CAMBIÓ TODA MI VIDA

Amaneció un día como tantos otros pero algo iba a hacer cambiar toda mi vida.  Surgió sin más, sin planificarlo, sin esperarlo, espontáneo, creo que fue ese destino del que hablaba Vi.
  
 Era mediodía y aunque ya era otoño el sol seguía abrasador  allí sobre mi árbol casi sin hojas.
Al aparcamiento vi como llegaba y paraba un coche como tantos otros del que salieron un hombre y una mujer que se sentaron en una de las mesas de afuera bajo un parasol.
  Desde mi árbol   observé apático el ir y venir con platos mientras era torturado por un olor a comida insoportable para un perro hambriento. 
Como impulsado por un resorte me fui acercando muy lentamente a la mesa y cuando estuve cerca, me dediqué a comer los huesos de aceituna del suelo.

 Entonces me vieron, ya me habían mirado, pero creo que no me habían visto. Me di cuenta enseguida de que no me iban a dar una patada ni me iban a echar de allí. Y puse en marcha mis dotes más seductoras. Fue algo instintivo, como una voz interna que me iba, no diciendo, ordenando lo que tenía que hacer.  Puse cara de pena, cabeza  ladeada, ojos caídos, temblé, gemí, todo ello mientras me fui arrastrando hasta quedarme lo más cerca de la mesa que pude.

 __Mira, pobre perro que hambre tendrá que come huesos de aceituna.
--Debe de estar abandonado.
--Que delgado y sucio está.
--No lo toques que seguro que tiene pulgas.
Todo ello mientras me daban trocitos de la carne que estaban comiendo.
Cuando ya me daba por satisfecho con aquello, ella entró y salió con un bocadillo de salchichas que me puso en el suelo después de acariciarme la cabeza.
Aquello fue más de lo que yo esperaba y no pude asimilarlo.

Aquella rascada en la cabeza me desarmó totalmente, se me puso un nudo en la garganta y comencé a gemir sin poder controlarme ni comer a pesar del hambre canina  que me corroía desde hacía mucho, demasiado tiempo.
Eso los desarmó a ellos también que se pusieron los dos a acariciarme la cabeza y a decirme: pobre, pobre, toma come.

Comí algo, no lo que necesitaba, lo que pude y el nudo de la garganta me permitió. Luego me metí bajo la silla de ella y allí bajo aquella silla me sentí acompañado, protegido, casi querido y el rey de los perros abandonados.

Por el camarero se enteraron que estaba abandonado y de que  llevaba allí mucho tiempo.
Mientras tomaban el postre y el café   como discutían  sobre mi y mi futuro:
--Nosotros no podemos hacer nada por él.
--No podemos tener un perro.
--Que íbamos a hacer con él en las vacaciones.
--Si por lo menos viviéramos en la península.
--Esta lleno de pulgas.
--Y sucio.
--Y huele mal.
--De que raza será.
--Es un chucho sin raza.
--Será joven o viejo.
--Como se llamará.
--Estará enfermo?.
--No podemos.
--Si podemos.
--Me da pena.
--A mi también pero sería un problema.
--No podemos.
--si podemos.
--No podemos.
--Si podemos.

Llamaron al camarero, le pidieron algún detergente o gel  y allí mismo, con una manguera donde lavaban  los coches, me dieron un baño con tres jabonadas  y tres aclarados. Todo ello mientras yo me dejaba hacer sin gurgutar, sin abandonar la cara de pena y sin oponer la más mínima resistencia. En ese momento me podían haber matado y me habría dejado. Sacaron del coche una toalla, me secaron, la tendieron al sol y me ordenaron que me  tumbara encima.

Me tumbé encima y allí estuve sin dejar de mirarlos angustiado, hasta que el sol me secó por completo.
--Que guapo estás.
--Que limpio.
--Pareces otro.
--Hueles bien.
--Pareces un perro obediente.
--Y listo.
--Como te llamas?.
Todo eso mientras me hacían mil caricias.
Era demasiado y tuve la sensación de que aquel nudo emotivo que tenía en la garganta no me dejaría volver a comer en toda mi vida de perro.

Luego los vi colocar en el asiento de atrás del coche la toalla con la que me habían secado  y supe que me iban a llevar con ellos.


    

jueves, 31 de julio de 2014

CAPITULO VII. PRIMERA SEMANA EN EXTREMADURA.



 PRIMERA SEMANA EN EXTREMADURA.
CAPITULO. VII

Así sobreviví aquella primera semana en la tórrida  Extremadura. Durante el día  bajo el árbol protegido del sol. Por la noche me acercaba al restaurante y cuando cerraban, salía el camarero y nos arrojaba un montón de sobras para que comiésemos todos. Yo comía menos que los demás porque había que defender la comida y eso no se me daba nada bien. Comía, pero  lo justo para sobrevivir.

 La noche, ya sin el sol abrasador y siempre acompañado de Lucas, recorría el camino hasta el agua y deambulábamos por los alrededores. Ya de madrugada Lucas me invitaba a quedarme bajo su árbol y algunos días me quedaba.

  Así fue como adopté a Lucas como  amigo, familia, compañero, confidente… ¿ O fue Lucas el que me adoptó a mi?  Eso no lo tengo muy claro. Compartí con Lucas mis miedos, mis antiguos sueños (ahora no los tenía, no se si por miedo a soñar o porque se me habían hecho viejos de tanto soñarlos). Le conté cosas de mi familia, de la pajarería donde nací….

Lucas me dijo que él no se comía mucho el coco. Que sus únicas preocupaciones eran: comer cada día, volver  a comer y seguir comiendo. Bueno, y que siguiese habiendo agua en la acequia.  Que se había olvidado hacía mucho tiempo de su familia. Que no quería familia que lo encerrara aunque fuese a cambio de comida y caricias, que ya no las necesitaba. Tampoco quería amigos íntimos, que siempre traían problemas y terminaban decepcionándolo.  Que conmigo estaba haciendo una excepción, porque le había dado pena verme tan desvalido.

 También me contó que  tenía otra cosa en la cabeza que le daba vueltas, además de las pulgas. 
 Me contó que en una finca no muy lejos de allí, había una perra que se llamaba  Alaska y que estaba un poco obsesionado con ella. Que no perdía la esperanza de que un día dejasen la valla abierta y poder echarle un polvo. Pero que era difícil porque cuando dejaban la valla abierta Alaska pasaba olímpicamente de él, es más, no dejaba ni que se le acercase. Y que cuando Alaska se moría por sus huesos y le mandaba mensajes en forma de un olor de lo más sugerente,  la valla estaba cerrada. 

Lo demás, me dijo que  no le preocupaba, que ya lo iría solucionando según fuese llegando.

   Una de esas noches fuimos a ver a Alaska. Estaba dentro de una finca totalmente cerrada y nada más vernos, se abalanzó contra la valla y comenzó a ladrar diciéndonos en el idioma perruno, que ni se nos ocurriera acercarnos a la valla. No nos acercamos, nos limitamos a mirarla pero sin tocar la valla. ¡ Menuda fiera la tal Alaska!

Lucas me dijo que Alaska no era siempre así, que hay días en  que  estaba, de lo más amable, dulce, tierna, cariñosa, coqueta... encantadora.  Que lo llamaba con un olor que lo volvía loco. Que un día en que Alaska lo había llamado con aquel olor, después de pasarse toda la noche junto a la valla, empezó a escarbar con las uñas un túnel por debajo  para poder entrar al otro lado. Que se rompió las uñas escarbando. Todo eso mientras Alaska al otro lado lo esperaba sin insultarlo ni amenazarlo, es más gemía llamándolo, incluso hubo momentos en que ayudó desde el otro lado con el túnel.
 Que cuando ya casi tenía el túnel terminado y él se veía al otro lado de la valla, llegó el dueño de la finca muy enfadado y tuvo que salir huyendo. Cuando regresó ya no había túnel.  La tierra que tanto le había costado sacar, estaba de nuevo en su sitio. Alaska ya apenas desprendía el olor con el que lo llamaba y él casi no podía caminar con las patas doloridas y las uñas rotas. Ahora Alaska no le dejaba ni mirarla, pero que estaba esperando a la próxima vez.

 Todo eso compartía Lucas conmigo. Todo eso y un montón de pulgas a juzgar por cómo me picaba el cuerpo entero.

martes, 15 de julio de 2014

CAPITULO VI. S.P. TENGO UN ÁRBOL Y UN AMIGO.



 


TENGO UN ÁRBOL Y UN AMIGO
CAPITULO VI. SEGUNDA PARTE

Así fue como me vi solo en aquella “Extremadura”, pegado al tronco de  un frondoso árbol.  Lo que abarcaba mi vista de perro, era, un restaurante relativamente cerca donde paraban coches continuamente. Algún árbol a lo lejos y un horizonte sin montañas que se extendía hasta el infinito.  Hacia arriba, un cielo sin nubes,  y hacia abajo, un suelo pardo, seco y escariado. Y calor, calor y más calor, hasta en la sombra.
  Capté muchos olores desconocidos. A la comida del restaurante,  a la gasolina de los coches que paraban, al árbol que estaba sobre mi, a calor, a soledad y a la paella del comedero que seguía intacta.
  Como impulsado por un resorte y sin pensarlo demasiado, me levanté y marque el territorio sobre el tronco del árbol.
Aquel  árbol  y un comedero lleno de paella era todo cuanto tenía en ese momento. 
La paella no me apetecía, no tenía hambre y además tenía la sensación de que no iba a tenerla jamás. 
 El árbol me pareció que me protegía, no sabía de que, porque no sabía que peligros me podían acechar allí, al lado de un restaurante y solo en Extremadura.
   Así llegó aquella primera noche, sin hambre, sin miedo y con la vista clavada en la carretera por donde suponía que se había alejado el coche con mi familia.
  A media noche, atraído por el olor de la paella llegó un perro. Era negro, con pelo corto y bastante más grande que yo.
  Me estuvo mirando largo rato  y aunque parezca raro, no tuve  miedo.  No te creas que de pronto me había entrado un ataque de valentía, no, es que me daba igual todo. Me daba igual que me desfarrapara aquel perro, que morir de hambre, de frío o….daba igual, no tenía ni idea de que más se podía morir un perro abandonado.    
  Así y todo de forma instintiva, me levanté  como impulsado por un resorte y delante de él, marque  de nuevo el  árbol. Luego me volví a enrosquillar pegado al tronco.
  El, se fue acercando poco a poco al comedero con la  paella sin dejar de mirarme y se puso a comerla. ¡Eso era morro!, pensé, pero no hice nada.
Cuando iba por la mitad, me dijo:
--Que te pasa, es que eres tonto, esta paella está de muerte y es tuya. Por que no la defiendes?
Yo seguí sin reaccionar y el me dijo de nuevo.
--Ven y come, no eres el primero al que abandonan ni vas a ser el último. Esto está lleno de perros a los que les ha pasado lo que a ti. Que los han abandonado.
--A mi no me han abandonado y no me pienso mover de aquí hasta que vuelvan a recogerme. Le contesté.
-- No esperes. Me dijo, si tienes suerte te recogerán a la vuelta. Pero hasta que vuelvan tienes que comer, defender tu comida, tu territorio …..y hazme caso, esto no es fácil, mañana te acordaras de esta paella que hoy no quieres.
  Luego me dijo  que él tenía su propio territorio allí cerca y me preguntó que si le dejaba tumbarse allí conmigo un rato.
  Yo no le dije ni que si ni que no porque me daba igual, y él se tumbó.
Me contó algunas cosas de su vida.
Era también de León, se llamaba Lucas. Dijo que lo habían abandonado de camino a las vacaciones. Que de eso hacía seis años. Que cada verano abandonaban allí una media de diez perros.
Que algunos no sobrevivían. Unos morían de hambre porque como yo, se negaban a comer, otros atropellados por coches. Luego me enseñó una mancha que había en mitad de la carretera y me dijo que aquello había sido un perro al que hacía  una semana  que habían abandonado y se empeño en correr detrás del coche de su familia. Cuando el coche se alejó, él se sentó en mitad de la carretera, llegó otro coche y ahora es lo único que queda de él, una mancha. Que  si los abandonados eran de raza los solían adoptar. Pero que ese no era su caso ni el mío.  Que él no quería ninguna familia, que era un perro lleno de pulgas, pero libre y feliz.
  Luego se durmió mientras yo pensaba en todo lo que me había dicho, sobre todo en la mancha de la carretera,  y por primera vez no hice planes, ni soñé despierto con casetas, ni con comida, ni tuve miedo, ni hambre y eso me mosqueó mucho. Igual estaba muerto y no lo sabía.
Lucas durmió y roncó toda la larga noche bajo mi árbol.  Yo dormité a ratos.
 Por la mañana cuando se despertó, fue derecho a la paella que quedaba, me miró y me preguntó si la iba a comer. Yo le dije que no, y él me dijo que yo era un perro raro y que así no iba a ninguna parte.
 Me daba igual porque no pensaba ir a ninguna parte.
  Luego me dijo que en cuanto me apretara el hambre dejaría de pensar en mi familia para pensar solo y únicamente  en comida, y sobre todo en aquella paella que hoy no había querido.
  Que sabría aquel sabiondo de mi, de lo que yo sentía y sentiría. Era otro bocazas como el perro de arriba.
   Al día siguiente cuando llegó la noche solo pensaba en comer y miraba con angustia el comedero vacío donde había estado la paella.
 Lamí y relamí el comedero,  pero la había lamido tanto Lucas que no le quedaba ni rastro de lo que había sido.
 Abandoné el tronco, no sin antes volver a marcar territorio. Fue difícil, apenas unas gotas. No había bebido y tanto marcar aquel árbol mi vejiga estaba completamente vacía y yo casi deshidratado.
  Hambriento y sediento me acerqué al restaurante, justo en el momento en que un camarero sacaba la basura al contenedor y arrojaba al suelo un montón de restos de comida.
Unos cuantos perros, incluido Lucas, se abalanzaron sobre los restos de comida. No me dió tiempo a nada, fue visto y no visto.
Cuando ya pensé que no iba a comer, salió de nuevo el camarero, me preguntó si era nuevo y me dio un trozo de carne y un hueso y  se quedó junto a mi para que no me lo quitaran.
 Más que comer, engullí aquella carne y trague casi entero el hueso. Debía de estar bueno, no puedo asegurarlo. Cuando tienes tanta hambre los sabores son lo de menos.
  Luego me dediqué a deambular por los alrededores pegado a Lucas. Le dije que tenía mucha sed, y el me dijo que lo siguiera, pero no muy pegado a él porque estaba lleno de pulgas y no quería pasármelas.
  Me pareció de lo más considerado y le dije que no me importaban las pulgas. Lo cierto es que nunca las había tenido.
 Caminamos mucho rato hasta un lugar donde corría un poco de agua de una acequia y bebimos los dos.  Me dijo que  en uno de los pocos árboles que había allí al lado de la acequia, era su territorio. Que estaba cerca del agua pero lejos de la comida y que en la vida no se podía tener todo.

martes, 8 de julio de 2014

NO ENTIENDO NADA DE NADA. CAPITULO V.



NO ENTIENDO NADA DE NADA.
CAPÍTULO V.


Mi familia aquellos días, hablaba, pensaba y vivía  solo para aquellas vacaciones.
 Yo seguía pensando y temiendo. Temiendo que me llevaran y temiendo que no me llevaran. Como ya no había mucho más a lo que temer en ese momento, me concentré, me relajé, me resigné y me limité a escuchar y a esperar. Eso si, con el alma en vilo.
 Así llego aquel día esperado por unos y temido por mi. Desde muy temprano comenzaron a meter y a sacar cosas   del maletero. Esto si, esto no. Cuando estaba todo metido, Manolo dijo que ahora cada uno sacara la mitad de lo que había metido porque no entraba todo y era demasiado peso. Entre fuertes discusiones así lo hicieron.
  Vi cada poco decía: Quedamos de salir a las seis y son las ocho.
 Yo desde mi esquina lo observaba todo y me moría de ganas de preguntar: Yo también voy? No pregunté ni siquiera con la mirada. Uno porque estaban tan ocupados que no me habrían hecho ni caso y otro por miedo a lo que me contestaran.
Me limitaba a mirar a  Blas, pero Blas estaba muy ocupado deshinchando una lancha que le habían comprado y se había empeñado en hinchar para ver el tamaño.
 Ahora que ya pasó mucho tiempo, (porque ya te dije que soy un perro viejo recordando) no se si me daba más miedo que me llevaran o que me dejaran.
  Los vi cerrar puertas y ventanas, coger mi comedero llenarlo de sobras de la paella del día anterior, envolverlo en un plástico,  y, ahí tuve claro que yo iba.
  Subieron al coche y cuando ya estaban todos dentro me dijo Vi: sube. Y subí con el corazón a cien. Me instalé donde me dijo Vi, en el suelo de la parte de atrás entre Blas y Juli. Blas como iba entusiasmado, me acarició y eso me calmó un poco el corazón. Juli como iba enfadada me empujó hacía el lado de Blas.
Allí, entre los pies de Blas,  muy pegado a él y con la cabeza levantada hacia la ventanilla, vi quedarse atrás la casa,  y pasar árboles, casas, coches… un mundo grande, inmenso y desconocido  nos alejaba del pueblo, de la casa y del cuarto de las cebollas.
  Pasamos por pueblos y ciudades que Blas iba leyendo, Zamora, Valladolid, Salamanca…. Yo con el movimiento del coche me adormecía y cuando me despertaba, hasta pasados unos momentos no sabía donde estaba.
Así, poco a poco, entre sueño y sueño, capté el olor de la paella que estaba por todo el interior del coche.  Como yo ante la paella pierdo todo lo que es posible perder, hasta el miedo.  En ese momento,  perdí el miedo, el respeto, la prudencia, la resignación… todo aquello que ocupaba mi mundo en el viaje, salió para dejar paso al comedero con la paella.
   
Así llegamos a un letrero que ponía: Ha entrado en la comunidad de Extremadura.
    Manolo paró  al lado de un restaurante y dijo que a comer todo el mundo. Como no dejaban entrar perros,  a mi me dejaron en el coche. Eso lo entendí perfectamente. Soy un perro muy comprensivo.
 Desde dentro del coche vi perros merodeando por los alrededores, coches, camiones, algún árbol,  gente comiendo a la sombra de parasoles.  Me concentré en lo que veía y sobre todo en lo que olía. Nada que yo hubiese visto ni olido hasta ese momento. Todo era nuevo y me  estaba convirtiendo en un perro de mundo.
   Me despertó el ruido de la puerta al abrirse y la voz de Manolo diciendo: Sácale el comedero con la paella y dáselo.
    Vi me puso el comedero en el suelo, bajo uno de los pocos árboles que daban cobijo y sombra, me abrieron la puerta y salí lanzado y babeando a comer.
La paella era de las buenas y  el comedero estaba  lleno a rebosar.
 Apenas di dos lengüetazos a la paella, algo instintivo me hizo levantar la cabeza del comedero. No vi el coche, ni a mi familia, y no entendí nada de nada.  
  Pasó tiempo y tiempo, mucho tiempo allí sentado, pegado al tronco del árbol con el comedero lleno de paella y seguía sin entender nada. Se hizo de noche y cada vez entendía menos.
  Allí estaba yo en Extremadura, lejos de la seguridad del patio y del cuarto de las cebollas, sin familia y con el comedero lleno de paella que encima no me apetecía. Y eso es algo que nunca me había pasado. A mi la paella siempre, siempre, me había apetecido.

lunes, 30 de junio de 2014

CAPITULO IV. LAS VACACIONES




                    LAS VACACIONES.
CAPITULO IV.

Como no he vuelto a oír la tormenta ya casi he dejado de temerla. Por lo menos de pensar en ella.
Sigue el sol y el calor. Las noches son cortas y los días muy, muy largos. Las rosas que rompió  la tormenta, nacieron de nuevo y el huerto está otra vez en marcha.
  Mi vida perruna está llena de sosiego y siestas a la sombra. Las ocupas y su prole siguen durmiendo en el cuarto. Al gorrión no he vuelto a verlo.
Los chicos están de vacaciones, no hay colegio. Las mañanas las pasan estudiando y sin ordenador. Manolo dijo que requisado hasta nueva orden.
Por la tarde nada más comer, se van cada uno con sus amigos y no regresan hasta la hora de  merendar y a veces de cenar.
 Blas y sus amigos cada día intentan que vaya  con ellos a jugar. Me llaman y me ofrecen de todo. Yo los acompaño hasta la esquina y cuando veo que se están alejando de la casa, regreso corriendo y los miro alejarse desde el portón. Ellos no  entienden por que no quiero ir con ellos.  Me sigue dando miedo la calle, los demás perros, los camiones que me puedan atropellar, la gente  y en general la vida de afuera del patio.
A Manolo y a Vi los oigo hacer planes para las vacaciones y están decidiendo la parte del sur a la que van a ir.
  Cuando tuvieron decidido a que parte del sur irían, o iríamos,  aprovechando la hora de la comida, Vi informó a los chicos del lugar, el día y la hora.
Blas preguntó entusiasmado si había playa y Juli dijo que ella no iba a ir, que quería estar donde sus amigos y que además, aquel sitio  que se llamaba Benidorm era una horterada para jubilados. Luego puso cara de buena y dijo que por ella no se preocupasen que se quedaba sola en casa y aprovechaba para estudiar y regar el huerto.
 Entonces Manolo se la quedó mirando con una cara muy rara y le dijo que la entendía y la comprendía. Que entendía que no quisiera separarse de sus amigos y que estaba de acuerdo, que era un lugar donde iban muchos jubilados,  pero que el día y a la hora que había dicho Vi, Todo el mundo salía de vacaciones, incluida la Juli.  Sobre todo la Juli.  Y punto. Y cuando Manolo dice “y punto” es que da por terminada la discusión.
Tengo que reconocer que ahí mandó Manolo y no le dio opción a Vi a ceder ni a decir nada. Aunque yo que lo oigo todo desde mi rincón del patio, se que fue Vi la que decidió el lugar el día y la hora. Entre otras cosas porque Manolo estaba muy indeciso y no tenía ganas de pensar.
A mi, como soy el perro nadie me preguntó, pero Manolo dijo muy claro “todo el mundo.”  Yo  por más que pienso, no se si formo parte de “todo el mundo” o solo soy el perro. Yo, preferiría  quedarme solo en casa como la Juli.
   Últimamente la puerta del portón está casi siempre abierta, sin pasar el pestillo.  Ahora ya saben que pueden dejarla de par en par que no me voy a escapar.  
   Muy a menudo llega el perro de arriba (que ya te conté que es mi amigo), empuja la puerta y entra. Como siempre fanfarroneando. Que si yo esto, que si yo lo otro, que si mi familia….
Yo le conté lo de las vacaciones y  que me iban a llevar. Él , se quedó mirándome muy serio y después de un momento muy largo callado, me dijo: malo, malo, malo. Eso de las vacaciones es malo, malo, malo para un perro. Y sin más se marchó sin aclararme por que es malo.
  Ahora estoy preocupado, muy preocupado. ¿Que será eso tan malo que me dijo el perro de arriba?
  Una de estas tardes plácidas de siestas a la sombra, estuve pensando y llegué a la conclusión de que lo que le pasa al perro de arriba es que me tiene envidia.
   También llegué a otra conclusión. No puedo estar sin miedos, si no existen en ese momento, me los invento. Cuando termino con uno, comienzo con otro y ahora mi último miedo son las vacaciones.

lunes, 23 de junio de 2014

LA TORMENTA. III CAPITULO



LA TORMENTA
III CAPÍTULO

 
El cuarto de las cebollas está triste y solitario
 Las ocupas, sus hijos y el gorrión hace días que abandonaron el cuarto. Solo llegan cuando oscurece para dormir. Duermen todos muy pegaditos unos a otros sobre la viga. Incluido el gorrión, pero apenas amanece salen volando todos y no regresan hasta la noche.
 Los hecho de menos y me alegra cuando los veo llegar a dormir. Soy un perro raro, primero no quería que estuvieran y ahora no quiero que se vallan.
Me paso los días tumbado al sol y alternando con la sombra, porque el frío intenso, de pronto se convirtió en calor intenso.
Vi, dice que así es el norte, o te mueres de frío o te asas de calor.
El patio está lleno de rosas que Vi cuida y que huelen muy bien. Huelen tanto y tan bien que un día intenté comer una, por lo menos probar a que sabían. No sabía mal, pero tampoco me gustó y la escupí. No se como se enteró Vi que había sido yo, por que podía haber sido el gato no?. Pero no, Vi, vino derecha a mí con la fregona y me amenazó muy seria. Desde ese día las rosas son solo para verlas y olerlas.
Los árboles tan tristes sin hojas, como por arte de magia vuelven a tenerlas.
  Yo medito sobre todos estos cambios y no los entiendo. Tampoco me preocupa. No tengo por que entenderlo, sigo siendo un adolescente y además dice Blas que es el misterio de la vida y un misterio es algo que nadie entiende y menos un perro adolescente.
  En casa los chicos están con los exámenes  finales y Manolo dice que espera que aprueben todo porque este año esta familia, se va a ir de vacaciones al sur aunque se hunda el mundo.
Eso me preocupa. Me preocupan los cambios. Me preocupa ir de vaciones. Me preocupa que me lleven, que no me lleven. Me preocupa que se hunda el mundo. Me preocupa estar preocupado por todo y además, no tengo ni idea de que es, ni donde está el sur.
  Por si era poco esa preocupación, una gran tormenta  me dio tanto miedo que dejé de pensar en el miedo de las vacaciones.
Ahora lo peor y más terrorífico que me puede pasar es que vuelva la tormenta.
 Fue un día que desde la mañana comenzó a hacer un calor sofocante. A medio día Vi comenzó mirar al cielo con cara de preocupada. Recogió la ropa del tendal y cerro todas las ventanas.
 Lo que pasó después fue lo más traumático que me ha pasado. Más que cuando me bañaron y me secaron.   Comenzó con un cielo muy negro y un fuerte viento que tumbó los rosales, arrancó ramas de los árboles y cada poco se iluminaba el patio. 
 Al primer trueno  que casi me deja sordo, corrí asustado, me metí en un rincón del  cuarto de las cebollas y allí  permanecí agazapado hasta que muchas horas después, ya noche cerrada, llegó la calma.
Fueron unos truenos tan intensos, tan seguidos y tan atronador el ruido del granizo golpeando las uralitas del cuarto de las cebollas, que tuve claro que era el final de todo. Que allí terminaba mi vida perruna, en plena adolescencia, sin llegar a viejo.
  No terminó, mi vida perruna sigue, solo fue una noche terrorífica. Y fue un terror compartido con las ocupas y su prole, que a media tarde, al primer  relámpago, llegaron y  se resguardaron conmigo en el cuarto de las cebollas.  
 Cuando a media noche cesaron los truenos me dormí y cuando desperté por la mañana ya no estaban las ocupas.
  Tardé mucho en atreverme a salir, porque a pesar de la calma aparente, temía que en algún lugar del patio se hubiese quedado algún trueno.
  Salí al escuchar a Vi y a Manolo porque se que estando ellos nada malo me puede pasar.
El patio estaba lleno de rosas rotas y de hojas arrancadas y traídas por el viento. Parte del granizo aún estaba en el patio, y el huerto, dijo Manolo que había que volver a plantarlo porque la tormenta lo había destrozado.
  Aún no se quien o que es la tormenta, y por que  llega tan enfadada haciendo tanto ruido y destrozándolo todo.
  Otro misterio, por lo menos para mi que de todo lo que me ha pasado en mi vida de perro adolescente,  fue lo más terrorífico que he visto y oído.  Atronador hasta dejarme sordo,  destrozó el huerto, rompió todas las rosas y mira que Vi lo tiene prohibido, dejó a los árboles sin las ramas y sin las hojas.
Quien es para que pueda hacer todo aquello y luego irse como si nada.
Aquella tormenta yo creo que me dejó traumatizado. Me paso el tiempo vigilando las nubes y cuando alguna es más oscura, corro al cuarto de las cebollas y allí permanezco hasta que me doy cuenta de que solo es una nube que va y viene por el cielo del patio.

lunes, 16 de junio de 2014

CAPITULO II DE LA SEGUNDA PARTE





CAPITULO II DE LA SEGUNDA PARTE.

 Después de un invierno aburrido, la primavera fue de lo más estresante. El cuarto de las cebollas se convirtió en un ir y venir, entrar y salir y todo ello mientras gritan de forma desaforada,  sin ninguna consideración hacia mi persona. Me refiero a las golondrinas ocupas.
  Aparte de las dos ocupas, cinco ojos me vigilan desde el nido todo el día, aunque no tengo claro quien vigila a quien.
  Yo vigilo desde abajo, no volví a subir a ver el interior del nido, pero Blas si. Un día me dijo que ya estaban rompiendo los huevos y al día siguiente un débil murmullo salía del interior del nido.
  El murmullo fue creciendo en intensidad  y ahora los cinco se pasan el día alborotando, comiendo, pidiendo comida y vigilándome. Sobre todo comiendo.
  Yo desde abajo lo miro todo y no lo entiendo.
Blas dice que es el misterio de la vida, pero yo no entiendo de misterios.
Desde hace dos días soy un perro preocupado, y tiemblo todo el día.  Tiemblo, porque últimamente   cuando llegan las ocupas con esos bichos que les traen continuamente,  uno de ellos, no se conforma con abrir el pico y esperar su turno. No, él saca medio cuerpo fuera del nido intentando acaparar todos los bichos para él.
 Aparte de egoísta es un pájaro tonto porque se, estoy seguro, que un día de estos se va a caer del nido, y entonces que?.
Así me paso los días, vigilando y temiendo que se caiga del nido.
Y se calló. En un intento de esos egoístas de acaparar bicho, despegó y se calló al suelo.
  A mi que me importa, no es mi hijo y no es mi obligación cuidar de los pájaros egoístas. Pero cuando lo vi caer casi se me para el corazón.
Me quedé quieto, sin moverme, sin respirar, y hasta casi sin vivir.
  Así, sin mover la cabeza, solo los ojos, fui siguiéndolo con la mirada, y vi como se arrastraba abriendo las alas casi sin plumas en dirección al cartón donde yo estaba tumbado.
 Llegó, se acurrucó entre mis patas pegado a mi y allí  se quedó.
  No te lo vas a creer pero las ocupas yo creo que me echaron la culpa. Empezaron a volar sobre mí cacareando algo que no entendí. Por el tono nada bueno. Luego se posaron en la biga, nos miraron muy calladas, se fueron y siguieron acarreando bichos para el resto. Yo creo  que me hicieron responsable  del egoísta y no nos volvieron ni a mirar. Se olvidaron de él y de mí.
  Así permanecimos los dos no se cuanto tiempo. Yo, sin respirar apenas, sin comer, sin beber. Con todo el cuerpo entumecido por la postura y encima me estaba chismando.
 El egoísta, apenas  yo movía una pata,  me miraba y empezaba a chillar con el pico abierto esperando que yo metiera un bicho en aquel pozo sin fondo.
  No entiendo de tiempos, pero eso pasó muy temprano y estuvimos así hasta que por la tarde llegó Blas del colegio, lo cogió, se subió a la mesa y lo devolvió al nido.
 Ahora me mira desde el nido y te aseguro que no aprendió nada de nada. Además de egoísta es un irresponsable. Sigue intentando comerse sus bichos y los del resto de la nidada. Yo me pongo de espalda al nido. No quiero verlo. No quiero ver como cae otra vez y si lo veo pienso salir y hacer como que no lo vi.
  Blas me dijo que yo le había salvado la vida al egoísta por cuidarlo allí entre mis patas, darle calor y protegerlo. Y él por subirlo al nido y que eso era el misterio de la vida.
  Sigo sin saber a que misterio se refiera. Ni siquiera se lo que es un misterio.
 Ahora en el cuarto de las cebollas somos cinco elementos en el nido, las dos ocupas y un gorrión que llegó un día detrás de una de las ocupas y se quedó. Blas dice que no entiende que hace una cría de  gorrión pidiéndoles comida a las golondrinas.
Llegó detrás de a una de las ocupas que llevaba un bicho en el pico.  Se instaló en la biga donde está el nido y  empezó a aletear pidiendo el bicho.
  Eso lo repite con cada bicho que traen y cuando
 se marchan a buscar bicho, empieza a piar de forma muy escandalosa hasta que las ve llegar.
En uno de esos intentos de acaparar bicho, llegó a meterse en el nido con los cinco. Y allí se quedó observado por los cinco que lo miraban asustados. Allí estuvo hasta que llegaron las ocupas y lo echaron del nido a picotazos y diciéndole algo muy enfadas que no entendí.
  Ya pasaron unos días y allí sigue el gorrión, en una biga, cerca pero  lejos del nido. No le dan bicho, pero se dio cuenta de que muchos de los bichos caen al suelo, y de eso vive. Cuando ve llegar a las ocupas se baja al suelo esperando ver caer alguno y cuando caen no llegan a tocar el suelo, los  pilla en el aire. Vive de esos y de los que entran por la ventana  que los caza al vuelo.
 Otro misterio de la vida. Que hace allí una cría de gorrión gorroneandoles  la comida a las golondrinas?.
  Blas dice que es una cría de gorrión sin padres. Que murieron o lo abandonaron.
 Y me dio por pensar que aquellos bichos tenían que saber muy bien por como se los disputaban los del nido y el gorrión. Y comencé a relamerme y a babear cada vez que traían un bicho.
  Todos mis intentos de comer alguno de los que caian fueron en vano. El gorrión no me daba tiempo.
  Aquella tarde  mientras yo me resguardaba del calor, entró por la ventana un bicho.  Hacía un ruido atronador al volar y estaba gordo, muy gordo. El gorrión y yo nos quedamos mirándolo, yo inmóvil  y cuando me sobrevoló  me lancé sobre él y lo engullí.
 El bicho no me gustó y lo escupí.
Aquel bicho me picó y tengo la lengua que no me entra en la boca, me duele y no puedo ni comer.
Cuando llegó Blas y me vio con la lengua afuera. Miro el bicho que estaba en el suelo y me dijo que era una abeja y que las abejas pican.
  Eso no lo sabía. Creo que el gorrión y las ocupas si lo sabían porque en ningún momento intentaron comerse  el bicho aquel abeja picador.
  No entiendo como lo sabían ellos, pero estoy seguro que lo sabían.
Será por el misterio de la vida. Ese que dice Blas